Algunos artistas se presentan al mundo con una gran campaña, un lanzamiento milimetrado y una lluvia de titulares.
Tom Killner no.
Tom apareció como irrumpen las tormentas de verano: sin pedir permiso, con ruido, con luz, y sobre todo, dejando claro que venía para cambiar el paisaje.

Su historia no empieza en un gran escenario, ni en un estudio de renombre, ni en un programa de televisión. Empieza en un salón modesto del norte de Inglaterra, con un chaval que debía levantar demasiado peso para su tamaño: una guitarra más grande que él y un mundo musical todavía más inmenso.

El niño que escuchaba Blues como si descubriera un secreto

Cuando Tom era pequeño, muchos de sus amigos estaban atrapados en videojuegos o viendo dibujos. Él, en cambio, quedó fascinado por algo más antiguo, más profundo y más vivo: el Blues.

Descubrió a Hendrix como quien abre una puerta a un universo desconocido. Escuchó a Clapton, Gary Moore, los Allman Brothers… y sintió que ahí había algo que le llamaba. No era solo música; era una forma de estar en el mundo.

Mientras otros imaginaban superhéroes, él imaginaba escenarios. Y no porque quisiera fama, sino porque intuía que ahí —en un foco cálido, con una guitarra colgada del hombro— podía ser él mismo.

La primera vez que subió a un escenario

Hay un momento que define a muchos músicos: la primera vez que pisan un escenario de verdad.
Para Tom fue en un pequeño pub, de esos con sillas desparejadas, olor a cerveza derramada y un murmullo constante de gente que no siempre presta atención.

Pero cuando empezó a tocar, ocurrió algo curioso: el ruido bajó. Ese tipo de silencio que no se impone, sino que aparece solo, como si la sala entera contuviera la respiración por unos segundos.

Tenía técnica, sí. Tenía actitud también. Pero lo que más llamaba la atención era otra cosa: su voz.

Una voz que no pegaba con su edad. Grave, honesta. Una voz vivida antes de tiempo. Como si hubiera nacido con cicatrices que aún no tenía.

Creció a base de carretera, escenarios y errores

Tom no llegó a ningún sitio por casualidad. Se hizo a base de kilómetros, motores calientes, madrugadas interminables y conciertos en salas donde el técnico de sonido también hacía de camarero.

Esa vida forja el carácter. Y forjó el suyo.
Aprendió a tocar mejor porque no le quedaba otra. Aprendió a cantar con el pecho porque los monitores a veces fallaban. Aprendió a conectar con la gente mirándola a los ojos desde un escenario pequeño donde no hay espacio para fingir.

Y en cada ciudad, en cada pub, en cada festival humilde, iba quedando claro que ese chaval tenía algo que no se compra: verdad.

El sonido Killner: Blues del siglo XXI con alma vieja

Decir que Tom hace blues rock es quedarse corto.
Lo suyo es más bien una mezcla rara y preciosa entre tradición y chispa moderna.
Tiene la crudeza de los viejos maestros, pero con la frescura de alguien que no teme arriesgar, romper estructuras o improvisar un solo de dos minutos porque el corazón se lo pide.

Su guitarra suena a fogonazo.
Su voz suena a historia.
Y el conjunto suena a alguien que nació para el directo.

España, su siguiente capítulo

Ahora, ese chaval que empezó en pubs de Yorkshire se prepara para algo especial: su segunda y esperada gira por España en febrero de 2026.

Para él no es solo una gira más. Es un paso grande, un país que ya le demostró pasión y reconocimiento, un público que vive la música con emoción, con cercanía, con hambre de directo.

Y para el público español, es la oportunidad de ver a un artista antes de que las salas se le queden pequeñas. Antes de que lo descubran las masas. Antes de que deje de ser “el secreto mejor guardado del nuevo blues”.

Porque si algo está claro, es esto:

Tom Killner está destinado a hacerse grande.
Y febrero de 2026 será el comienzo de ese nuevo capítulo.

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